Caminando hacia la ancestralidad de las plantas sagradas: el Maíz y el Sagú. Elena Loaiza.

La trocha que conduce al Museo es todo un reto que algunas de nosotras no queremos asumir, Luisa con tranquilidad absoluta se queda mirándonos con esos hermosos ojos de agua y busca una solución acudiendo a Lida. Un carro vendrá a recogernos a quienes tenemos dificultades para caminar. Las demás suben entre el camino resbaladizo y los chistes de Estefanía retorciéndose de  risa.

Todos los territorios de Colombia se conectan con la lengua sagrada Chibcha, nos cuenta Lida, hay un arraigo que nos une, es la lengua sagrada, esa, con la que pronuncia maíz, sembrado, alimentos.

Museo vivo del maíz  o una estrategia de conservación activa del maíz

Este acto artístico, político y cultural, que envuelve la siembra de maíz nativo, practicado por nuestros ancestros durante siglos, especialmente las mujeres, quienes escogieron, mejoraron e intercambiaron las semillas, nos cuenta Diego Chiguachi, ingeniero Agrónomo de la Universidad Nacional.

El Museo Vivo del Maíz Nativo, nace como un ejercicio simbólico que cuestiona los cultivos transgénicos, que ha transformado la vida en el campo a causa de las patentes, la proliferación de las semillas transgénicas y el control económico de la producción.-enfatiza- y continúa narrando: El Museo del Maíz Nativo, actualmente posee una colección de cientos mazorcas de todo el país, y es que acá en Colombia tenemos más de 500 especies de ellas.

Vamos a una finca cercana para consumir los sagrados alimentos, y a  manteles: sopa de habas y maíz, puré de cidras y arvejas secas; toda la gastronomía del altiplano en pleno, comemos  en tanto que el profe José nos habla de las delicias de los piqueteaderos.  Sin más alternativas sopa de habas con chancho, Allí no existe otra oferta culinaria,  los piqueteaderos están lejos y cerrados, nos argumenta Lucero, entre risas,  Nada que hacer hambrientas, cansadas, con sed y  bueno hay que enseñar al paladar a nuevas experiencias gastronómicas.

!El pan  de sagú recién salido del horno!

En el carro de nuevo y  rumbo a Fomeque, o Bosque de los Zorros en idioma Muisca;  la tierra del SAGÜ, allí,  nos dice el profe José, el 65% de la población es rural. La vista es imponente, montañas de roca abrazadas por la neblina. Alguien dice; un piqueteadero! Cerrado! Jajaja, en el auto todo se vuelve risas y complicidad, hay que entrar en sintonía con el ambiente.

Andrea, toma fotos a diestra y siniestra, su asombro la convierte en un click constante.

Bajémonos aquí donde Omar les digo,- risas- y aprovechamos para estirar las piernas y bajar el mareo que a muchas les ha subido, Soroche lo llaman o mal de altura.

Don William, nuestro conductor va disminuyendo la velocidad, nos bajamos, llueve, respiramos, estiramos las piernas y retomamos el camino.

Pasan unos cuantos recodos y ante nuestros ojos: La tierra de los Zorros, silenciosa y extremadamente limpia, descendemos del auto con los oídos llenos de aire,  el cuerpo encalambrado y nuestra mejor sonrisa para  ingresar a  la sede de las mujeres ADIMF.

Allí, rendidas de sueño, hambre y cansancio damos buena cuenta de las delicias del sagú, del  pan recién horneado, y una bebida endiosadamente deliciosa, a punto de  elixir diría yo.

Nos esforzamos por mantener viva la atención, lo vale  ese pan recién hecho con cuajada, queso, mantequilla, y harina de Sagú, y por supuesto las voces de las mujeres de la Asociación para el desarrollo integral de la mujer Fomequeña, Ellas se unen y avanzan en el emprendimiento productivo de amasijos tradicionales de harina de sagú, y en la búsqueda de resignificación de derechos.

“El  Sagú, es un tubérculo del que se extrae la harina para hacer diferentes productos alimenticios,  se siembra en enero o a principios de febrero y se saca en diciembre para secarlo. Luego se lava la raíz, se pela, se ralla, se lleva a un recipiente con agua y se le va cambiando hasta que quede blanca la masa, se asolea hasta que esté seca y queda lista para usar» nos cuenta una Fomequeña de la asociación, de hermosa piel bronceada por el frio.

Ahora estamos en el Hotel Muscua y su vista a la calle principal; no hay nada más valioso en esta silenciosa noche de este solitario pueblo, excepto las toallas y la ducha caliente. Caímos rendidas después de degustar un café de origen Fomequeño, silencio, ahora hablamos un poco con Carmen Alicia, del piqueteadero prometido por el profe José y de las achiras de Sagú. Nos vamos arrullando con nuestras propias voces.

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