El Paseo de mi vida, Elena loaiza

Las cuatro horas pasada la media noche y sin la ayuda del despertador saltamos de la cama. Que digo; nos deslizamos suavemente de la cama, en casa eso de los saltos y aspavientos  nos era prohibido.

Abrir las ventanas, Dar gracias al creador, arreglar las camas, el baño con agua fría, luego paradas frente al balcón  esperábamos la orden de partida. Mágico balcón desde observamos crecer a  nuestra amada ciudad; tan mágico  era que desde allí  era posible ver  la marea alta -eso decía la abuela-.y nosotras no solo creíamos, la veíamos.  También  veíamos caer estrellas y  comer a  los azulejos.

Por la empinada cuesta del barrio Caycedo parte alta, descendíamos a tomar el bus de las cinco, el  destartalado  armatoste  viajaba sin prisa  por la única vía existente, en Bolívar con Amador, girar a la izquierda y allí, con todo su arquitéctonica belleza: la Estación Medellín.

La abuela se apresuraba a comprar los boletos. Son doce pesos, los niños  de tres a siete años pagan medio pasaje a condición que los dos  ocupen un solo puesto. Argumentaba el taquillero.

 Los boletos serian parte nuestra distracción del viaje.


Paradas sobre el andén del tren -plataforma se le llama hoy-, temblando de frio pese a de tener puestos los saquitos de lana de oveja, traídos desde Bogotá por la abuela exclusivamente para sus dos nietas; rojo para la Tata-que para ese entonces no era Tata- y violeta para mí. Y Como no sentir frio, si todo se nos colaba por las piernas, es que dama que se respete no usa pantalones- eso decía la abuela-.

El tren listo para partir, con su locomotora a diesel,

habían retirado no hace mucho las de vapor. El maquinista, los ayudantes- esos que vigilaban constantemente que no se colara ningún polizón, el jefe de estación: todo en orden. A abordar el tren.

Los de primera clase se acomodaban en sus mullidos asientos tapizados de rojo. Separados por el vagón del restaurante estaban los nuestros de fría y dura madera. Lo que realmente importaba era la ventana, para tomar instantáneas ópticas y llevarlas a la mente, al alma por siempre.

Partía el tren con los primeros rayos del sol. En las puertas de los ranchitos de madera y cartón construidos a orillas de la vía férrea y del rio, asomaban  algunos  niños a  sus puertas, diciéndonos adiós y agitando sus manos , nosotras les sonreíamos.

La primera parada. Bello.

Para ese momento habíamos ya iniciado la competencia de  repetir los nombres de las estaciones de memoria; Medellín, Bello, Copacabana, Hatillo, Barbosa, Popalito Pradera, Botero, Porcesito, Santiago, Cisneros, Sofía, Guacharacas, Providencia, Caramanta, San José, Gallinazos, La Gloria, Caracolí, Monos, Pavas, Virginias, Cabañas, Sabaletas, Cristalinas, Calera, Malena, Puerto Berrio. Ahora descendente: Puerto Berrio, Malena…. Y luego a disfrutar el paisaje.

El tren serpenteando por el majestuoso valle interrumpiendo el tranquilo sueño del inmenso azulado cielo. Los puentes de piedra  y de madera, los montes, las verdes praderas, el aire penetrando la piel, el alma, los sentidos; impresión  majestuosa, deleitosa e imborrable.

Calentaba el sol,  nos despojamos de los sacos y sacábamos el libro de cuentos, ese que guardamos celosamente todo el año sin mirarlo para que no estuviese muy leído al finalizar el mismo. Que lograra  fascinarnos durante el viaje.  Jugábamos a sorprendernos con las historias, fingiendo no haberlas escuchado nunca. Leíamos en voz alta- no tan alta la mía- bajo la supervisión de la abuela. No iba a permitir ella que habiéndonos enseñado a leer correctamente fuéramos a cometer atropellos lingüísticos.

El  tren descendía y el sol ascendía cada vez más.

En cada parada siempre ingresaban por ambas puertas vendedores con coloridos trajes y grandes diamantes de sudor  en su piel. Amen de los que nos asediaban por las ventanillas,  vociferando sus productos comestibles. Nunca supimos a que sabían las dichosas hojaldras. Producen  una sed espantosa, decía la abuela, con su particular gusto por la ironía delicada y soterrada. Habrá que compran entonces,  esa poco higiénica Avena de colores, envasada en reutilizadas botellas de vidrio de alguna compañía gaseosa, y quien sabe,  lavadas  con que poco normas higiénicas. Por lo demás puede echarse a perder el apetito y no vamos a despreciar  la comida de la finca ! eso si es comida! Y, terribel es que puede ensuciarse la inmaculada sonrisa lograda con hierva y ceniza.- receta suya, por supuesto-, es bien sabido por todos que la elegancia se demuestra al sonreír.

Transmontar la cordillera que separan las hoyas del rio Nus y la del rio Porce, supone recorrer 28 kilómetros de escarpado y difícil  terreno. Esta muralla natural fue vencida y reducida a 3.500 metros y allí estaba: nuestro glorioso Túnel de la Quiebra, el que se construyo en dos frentes que se encontraran el 12 de julio de 1929,y que se diera al servicio con las locomotoras a vapor, con capacidad de arrastre, de 80 toneladas a una asombrosa velocidad de:!15 kilómetros por hora.!

Nosotras, privilegiadamente  viajamos en  un tren arrastrado por una locomotora  a diesel y esta era tan “veloz” que había que estar atentas no nos sorprendiera la entrada al túnel con la cabeza por fuera de la ventanilla.

Pasado el medio día arribábamos a nuestro destino.

A  160  kilómetros de Medellín y a unos 500 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la estación Cabañas. Descendíamos del tren  rápidamente, ya que de acuerdo a  la importancia del lugar era el tiempo de permanencia del tren en la estación. 

Una antigua construcción, de paredes blanqueadas y techo de Vigas  marrón, que fungía de oficina, bodega, expendio de tiquetes y abrevadero de las bestias- mulas, yeguas y caballos-, dos o tres casas de tapia con  puertas  de madera roja, apostadas a orillas de la quebrada La Negra, componían toda  la parte central de aquella población.

Desde allí iniciábamos nuestro recorrido hacia la finca. Podríamos hacerlo a caballo. Pero las damas no montan en bestia a no ser en una mansa  y el “Mata perros” de mi tío no tenía ninguna igual-decía la abuela-ella era sabiduría en barra.

El recorrido  hacia la  finca duraba aproximadamente dos horas, descansando de vez en vez a la sombra de algún frondoso árbol, bebiendo de un nacimiento, comiendo guayabas caídas, con suerte encontrándonos con una papaya, la que ingeríamos con semillas, un purgante natural.

Nuestro arribo a la finca La Luz era festejado por unos hermosos aborígenes-los primos-  vestidos con impecables trajes de piel tostada por el sol; la cual podíamos apreciar en su totalidad, para escándalo de la abuela, que ordenaba   que los vistieran rápidamente. Mi tía aducía que a ellos la ropa  les  estorbaba.

Allí en ese hermoso paraíso,

sin agua, sin luz, sin teléfono, cargando leña, bebiendo leche ordeñada, bañándonos en la quebrada, alimentado las aves de corral,  pasábamos  las vacaciones, mi prima, mi compañera de cuna, mi cómplice  y yo. Lejos de la ciudad, donde en sus fiestas decembrinas  aparece el diablo y hace de las suyas. Eso  decía la abuela.

3 comentarios de “El Paseo de mi vida, Elena loaiza

  1. Andrea Barrera dice:

    Esta historia es maravillosa.
    Me devolvi a mis tiempos de niñez en aquel mismo tren , cuando mi padre me llevo a visitar a mi abuela en Puerto Berrio..Aun siento el olor a leña de las comidas de la abuela
    Que linda interpretación .Felicitaciones

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