La caza de la bruja. Elena Loaiza.

El sol nos encontraba siempre recostadas sobre los travesaños del corral observando cómo las vacas mansamente dejaban extraer  de sus ubres  la blanquísima  leche. Luego venia el  sentir las cosquillas de la espuma caliente  tamborileando en nuestras bocas, el sabor dulce de la  leche servida en la totuma era un poco alterado por esas geniales gotas de no sé qué, esparcidas con generosidad sobre  el inmaculado liquido, disque para matar los parásitos, argumentaba sabiamente  el tío Daniel.

Saliamos del establo y nos disponíamos a cargar agua y a llenar las tinajas. Que una rana o un bicho se colaran en el agua era nuestro placer y el enojo de los mayores. Barrer los patios, acarrear  la leña y cuando certificabamos que nuestro desayuno era merecido, podríamos pasar a la mesa. No era precisamente mi deleite ver esa cantidad de harinas en el plato; arroz, arepa-  sin mantequilla-. y lo peor,  una inmensa taza de chocolate… !sin leche! Solo salvaba el desayuno el majestuoso queso elaborado el día anterior.

Grandes corredores rodeaban la casa grande.

Una hamaca colgada. Una silla acá,  otra por allá. El mobiliario no era mucho. Innumerables esteras apiladas en un rincón fungían de mullidas camas.

La cocina  era una cosa extraña, parecía no formar parte de la casa por su ubicación y hasta por el color de su puerta, gris, a diferencia de las demás, rojas. Con su inmenso fogón de leña siempre encendido. Desde las vigas del techo colgada la “excusa” portando la carne salada. En un rincón una mesa de madera y cuatro taburetes de vaqueta. Sobre la mesa siempre las dichosas arepas redondas.

Sentadas en el quicio del corredor al caer la tarde, mirábamos las gallinas encaramarse a los árboles, los primos encerrando los terneros  halándolos de la cola hacia los establos, las vacas dando sus postreras.  Todos los animales a  recogerse. Los bípedos también.

Los peones llegaban sudorosos buscando la cena que consistía en: frijoles, carne, arepa y  una totuma de mazamorra con panela. Luego tomaban el café, que amenizaban hasta bien entrada la noche con historias  a cual más espantosa,  esforzándose  para que su voz ronca y masculina las hiciesen mucho mas terroríficas.

Desde luego  la gente menuda, no éramos su público, se suponía  que terminada la cena debíamos de retirarnos a nuestra habitación. Pero lo prohibido siempre – lo corrobora la historia-, será lo más buscado, lo más deseado, de ello dan cuenta Pandora, Adán y la buenaza de  Eva.

Y allí. Tras la puerta cerrada en noches oscuras,

lo escuchábamos todo ,y cuando digo todo, es, todo.  Que si la Madre Monte, la que crio al esperpento aquel, sí, claro, afirmaban otros. No notan, por eso es tan feíto, pobrecito se lo robo la Madre Monte y lo devolvió a los diez años. Que la caza del tigre que apareció en establo. Que si al Llorona.

Que si el diablo. Que la Pata Sola. El judío errante. Historias que en nuestras mentes  de niñas, no causaban ningún efecto terrorífico. Y es que quien, después de saber que existen ángeles poderosos y vengadores que están en los cuatro ángulos de la tierra y  que  desde allí controlan a  la raza humana con relucientes espadas  de oro  en sus manos, que existen dragones que un día arrastraran  un tercio de las estrellas sobre la tierra, seres  cuyas bocas son saetas encendidas, y sus ojos  relámpagos de fuego. ¿ Quien va a asustarse de  un monstruito terrenal que le aparece a solo unos cuantos mortales ? La abuela si que sabia entrenarnos para soportar el terror, con sus lecturas nocturnas del apocalipsis biblico.

Una noche. Oscura como la boca del diablo, escuchamos a los peones contar como se caza una bruja y que si de brujas se trataba,  una habría de venir por estos días a la finca. Ellas siempre visten de colores blanco o rojo en el día, aseguraron.

Y sucedió. por supuesto que sucedió.

Ese día, el reloj solar del patio central marcaba las once de la mañana. De repente  apareció ella; toda vestida de rojo, sombrero rojo, sombrilla roja, montada en un caballo que a nuestros ojos también  parecía rojo. Se apeó de la bestia, Mi travieza primita y yo, la seguíamos con la mirada atónita. No hubo necesidad de cruzar una sola palabra para saber que era: La bruja.

Todos en la casa la saludaron amablemente e  incluso la abuela la saludo amablemente! La abuela! ¡Por los clavos de Cristo! ¡Dios se apiade de ella! le dirigió la palabra y le extendió su mano a La bruja.

La Tata y yo la mirábamos aterrorizadas. Enmudecimos durante el día, cargando el agua y trayendo la leña. Y al caer la noche La bruja fue acomodada en nuestro cuarto.

Esperamos a que toda la casa estuviera en silencio, hasta que el útimo cabo de vela se extinguio, todo alrededor era oscuridad, trancada sin dudas estaba la puerta grande. Vigilábamos  cualquier movimiento  luchando con el sueño que caía sin piedad sobre nosotras. Allí entre susurros planeamos la caza de la bruja.

¡Qué  maravillosa idea! Nosotras cazaríamos a  la bruja,

quien dormía plácidamente iluminada de vez en vez por un centelleo de luna que se filtraba por  los altísimos visillos. Seriamos las heroínas. Encendimos una vela y la pusimos a sus pies, y a esperar….si no se quemaba, comprobado,  tendríamos ante nuestros ojos a la bruja desenmascarada.

Ella-La bruja- empezó a revolverse en su cama, pero seguía roncando de lo lindo; de repente abrió un ojo  y, de un salto nos lanzamos soplando la vela, nos metimos debajo de las sabanas  temblando. 

Esa noche llovió a cantaros, al amanecer el cielo lucia  purificado, brillante. La bruja, partió vestida de blanco, sombrero blanco, sombrilla blanca y hasta el caballo juraríamos que era blanco.

El día transcurrió sin mayores comentarios de nuestra parte, cargar el agua, acarrear la leña, alimentar a las aves de corral,  ir a la quebrada a lavar  la ropa y a bañarnos.

¡Qué emocionante hubiese sido la caza de la bruja!. Pero una nueva aventura ya se cernía en la cabeza de mi dulce primita.

En un rancho ubicado  en el valle más allá del establo y la quebrada, viva el  viejo que herraba las bestias, elaboraba zurriagos y le echaba grasa a los arreos; empedernido fumador de tabaco y al que la Tata ya le tenía “echado el ojo” como posible instructor del oficio.

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