Minuto noventa y seis, por Marisol Gámez. Mexico.

―Doctor, ¡La señora Amanda Green no está! la hemos buscado por todo el asilo, pero no la encontramos.

― Pero… ¿cómo? ¿Con quién estaba? ―Sobresaltado el doctor persigue la ruta que lleva el enfermero. ¿Lograría escapar esta vez? ―pregunta para sí―

― ¡Conmigo! ―responde el enfermero, preocupado― la traje aquí, a la sala de cine, como cada domingo después del almuerzo. Como cada domingo, quiso ver esa película antigua con la que está obsesionada, en la que su esposo, el señor Green, que en paz descanse, es el protagonista. Estaba sentada en esta butaca. Cuando fui a….

― Pero… ¿La dejaste sin vigilancia, imbécil?

― ¡Fue apenas un minuto!  ―Responde el enfermero, turbado sin comprender la situación―sólo entré al cuarto de proyección a colocar esa escena que exige y súplica que le repita una y otra vez:

 Robert, el joven protagonista de la película, gallardo, le ofrece los brazos a su amante para que huya con él en su barco a navegar por el mundo.

La pobre señora Green se levantaba del asiento para acariciar el telón blanco de la pantalla, como siempre, con su mirada ilusionada y cubierta en lágrimas, le hablaba inútilmente a la cara del personaje en primer plano, y aunque la cinta seguía su secuencia, alguna vez me pareció como si el actor en verdad la observara, la comprendiera y hablara con ella. Esta es la escena, mire doctor, es el minuto noventa y seis, la que está a punto de aparecer…

― ¡oh, no! ―exclama el enfermero que apunta a la pantalla con el dedo con inusitada sorpresa.

La escena proyecta a Robert Green tomando la mano de su amante que ha accedido huir con él. La lleva delicadamente de la mano hasta la proa, donde, abrazados mirando el lánguido y brumoso ocaso se entregarán al mar inmenso. Ella, a pesar de sus arrugas y agotamientos lo besa feliz, agradecida y liberada. El doctor, paralizado, a mira la pantalla con horror, pero el enfermero, suspira aliviado, al fin, la ha encontrado.

Gracias Hermosa Marisol, por cruzar fronteras y compartirnos tus historias, con amor: Elena L.

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